«La inteligencia artificial no crea, genera»: por qué en una era de resultados instantáneos el valor del arte se plasma en el viaje emocional del autor?
De la techné griega a la aparición del algoritmo: por qué la creatividad reside en la imperfección e imaginación del ser humano. El olor a óleo y las texturas plasmadas sobre el lienzo son una mañana común en el salón de pintura de Dayana Pantoja, estudiante de Artes Visuales en la Universidad Anáhuac. Allí, las ideas y la imaginación toman forma y son plasmadas por los pinceles durante horas.
Mientras ella combina colores para obtener la tonalidad perfecta, a pocos metros se encuentra su computadora abierta con una pregunta en el buscador “¿Qué tonalidad de azul debería usar para mi pintura?”. Este contraste no es solo una escena diaria, es la representación de la metamorfosis del concepto del arte, una nueva mutación en la historia de la creatividad.
A través del proceso de trabajo de Dayana, quien hoy integra la IA dentro de su trabajo, nos preguntamos si con la aparición de la inteligencia artificial, ¿cambiará nuestra definición de arte?
Para comprender esta visión hacia el futuro, es necesario mirar al pasado, a un tiempo donde la palabra “creatividad” todavía no tenía lugar en el vocabulario del arte. En la Grecia Antigua, el concepto de arte (o techné) era muy distinto. En una época donde el valor y la belleza era lo más importante, los griegos y romanos utilizaban el arte, no como una forma de expresión de los sentimientos propios, sino como un conocimiento técnico basado en reglas.
El artista clásico no buscaba la originalidad, sino la perfección a través de obras realistas que imitaran la naturaleza. Tatarkiewicz, filósofo del siglo XIX, refuerza esta idea al señalar que, para los antiguos, el arte era una actividad reproductora y no creativa; el valor de la obra se basaba según qué tan fiel era a la norma y no en la subjetividad del autor.
Con la llegada de la Edad Media, llegan nuevos elementos como el simbolismo y el enfoque cambió: la norma de representar la naturaleza y el mundo físico empezó a perder importancia por la necesidad de comunicar y educar en temas de religión. En la época medieval podemos ver que el arte funcionaba como una herramienta pedagógica para una población mayormente analfabeta, es decir, el valor de la obra era según su capacidad para elevar el espíritu hacia lo divino. El artista era un servidor de la fe y cualquier innovación propia podía ser percibida como rebeldía.
En el Renacimiento empezamos a notar el surgimiento del artista moderno: el arte se comienza a separar de la artesanía para dar lugar a las ciencias intelectuales y la razón. Esta transición elevó al pintor y al escultor al nivel de los poetas y filósofos, sentando las bases de lo que hoy entendemos como «autoría».
Es en el siglo XIX donde vemos el primer “terror tecnológico” con la invención de la fotografía en 1839. Hasta este momento la pintura era la mejor forma de representar una imagen. La fotografía provocó una crisis existencial en la pintura porque, si una máquina podía captar la realidad con mayor precisión y rapidez que la pintura ¿qué futuro quedaba? La respuesta fue la introspección: el arte dejó de copiar el mundo externo y se enfocó en nuestro mundo interior. Surgieron movimientos como el impresionismo y las vanguardias que no competían directamente con el lente, sino que exploraban el mundo de los sentimientos.
Esta nueva visión abrió el camino para el Arte Contemporáneo, un movimiento donde lo que puede ser considerado “arte” ahora es ilimitado. La “techné”, que los griegos consideraban sagrada, pasó a un segundo plano pues ahora lo más importante era la “idea” detrás de la obra. Como señala la maestra Berenice de la Facultad de Humanismo en la Universidad Anáhuac “En el siglo XX lo que hace el arte es zafarse de las cuestiones técnicas, se sacude de los tecnicismos, de los parámetros que nos heredaron los griegos”. Esta evolución histórica nos demuestra que el arte nunca ha sido estático, siempre ha mutado para sobrevivir a las nuevas herramientas que aparecen.
Si la fotografía hizo que el arte se reinventara, la entrada de la inteligencia artificial genera la pregunta ¿qué nos espera en una época donde cualquiera puede reproducir una imagen en segundos? En este escenario de resultados instantáneos, estudiantes como Dayana Pantoja, quien se encuentra en esta transición histórica, nos cuenta sobre sus pensamientos acerca del futuro.
Para ella, el arte contemporáneo ya no es una cuestión de “saber pintar” sino de “saber conectar”. Según Dayana, el valor de la obra hoy reside en lo que hay detrás del lienzo, una visión que coincide con la maestra Berenice: “En el arte contemporáneo ya no hablamos de técnica, sino de pura idea. Generas un concepto y lo que yo me llevo: esa es la obra».
Su obra “El pez y el gran océano” surge una noche donde Dayana se encontraba buscando ideas para su nueva obra, rodeada de ese sentimiento de querer demostrar lo que sentía de forma visual pero sin saber con exactitud cómo hacerlo, se fue a dormir y fue durante un sueño que nace esta idea.
En este sueño ella se visualiza a sí misma en este mar rodeada de peces, al despertar busca conectar esta idea con sus sentimientos, pensamientos e historia de vida. “Me hizo pensar en el trabajo de mis abuelos que son pescadores. Sabía que quería conectar el trabajo de mis abuelos con ¿Qué quiero ser yo de grande? Eso me ha estado preocupando.” Al contar esto su voz tiembla un poco dejándonos claro que es un sentimiento presente pero que, de alguna forma, plasmar ese miedo en una pintura le ha ayudado a enfrentarlo.
Al empezar a pintar es que surgen esos detalles como ¿Qué colores debo usar? ¿Quiero buscar una simetría perfecta o todo lo contrario? Y es aquí donde la IA aparece en el trabajo de Dayana. Ella logra integrarla, no como un autor sustituto, sino como una herramienta de consulta que le suma a su trabajo. Dayana quería lograr que las personas pudieran conectar con su obra y para eso quería darle un significado a cada elemento.
Escogió esos colores por el significado psicológico que hay. Con ayuda de la inteligencia artificial pudo decidirse por el azul y el amarillo como colores principales, el primero debido a la incertidumbre que siente y el segundo por el surgimiento de ese “brillo” y felicidad. La inteligencia artificial está entonces ayudando a Dayana como artista a complementar su obra, no la amenaza. La diferencia entre una obra realizada por un ser humano y una realizada por IA radica, según Dayana, en el viaje de emociones y la “necesidad de contar”.
La metamorfosis del arte ha llegado a un punto de no retorno. Mientras Dayana cierra su buscador y regresa a su lienzo en progreso, queda claro que la inteligencia artificial no ha venido a sustituir al arte, sino a complementarlo para lograr su objetivo: generar una emoción al espectador. Si el arte ya no se define por la destreza manual ni por la representación fiel de la realidad, lo que queda es la «urgencia de contar». Como señala Dayana, la verdadera barrera entre el hombre y la máquina es la capacidad de sentir incertidumbre, tristeza o enojo; emociones que actúan como el motor combustible de cualquier creación genuina.
Sin embargo, esta transición no está exenta de retos. Según informes de la UNESCO, se estima que para el año 2028 el sector creativo podría enfrentar una pérdida de hasta el 24% de sus ingresos debido a la automatización y la sustitución de procesos por IA. Esta cifra es un golpe de realidad para una generación que, como Dayana, apenas comienza a profesionalizarse. La preocupación no es solo estudiantil, sino global: más de 700 artistas han alzado la voz contra el uso indebido de sus obras para entrenar algoritmos sin consentimiento, una batalla que redefine la ética del mercado digital.
A pesar de las proyecciones económicas negativas, hay un sector que la tecnología aún no puede conquistar: la legitimidad legal y la experiencia estética.
La decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, reconocida por INDAUTOR (2026), es decisiva: en México, solo lo creado por humanos tiene derecho de autor. Esto refuerza lo dicho por la maestra Berenice: la IA genera resultados, pero solo el humano crea significados. La obra no es el archivo digital que se descarga en segundos, sino lo que sucede dentro del espectador cuando conecta con la intención de otro ser vivo.
El futuro del arte, entonces, no parece ser una competencia de velocidad, sino una reafirmación de nuestra propia esencia. Según datos de HISCOX (2026), aunque más de la mitad de los aficionados cree que el arte generado por IA será tan valioso como el tradicional, el mercado sigue buscando ese «algo» que solo la conciencia puede otorgar.
Y es que las personas siembre buscarán la forma de expresar sus pensamientos y sentimientos, sin importar las complicadas condiciones que haya alrededor de. Al final, la metamorfosis que estamos viviendo podría ser la más necesaria de todas: una que nos obligue a recordar que el arte es, en palabras de Tatarkiewicz “un choque que nos cambia”. La IA nos dará la imagen perfecta, pero solo artistas como Dayana podrán darnos la razón para seguir mirando.
Fuente: El Heraldo
















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